Ellos comían vorazmente, un padre, una madre y sus tres pequeños hijos.
Capaz era algún festejo, un cumpleaños o un aniversario. Vaya Dios a saber!
Seguramente no tenían los mejores modales, es verdad que cortaron la carne con la mano, que poco usaban los cubiertos. Y compartieron todo, absolutamente todo.
Repartieron en partes iguales los porotos, las hojas de lechuga, los granos de arroz, las rodajas de pan. No desperdiciaron ni una miga.
Comieron con ansias y disfrutaron de ese gran lujo para ellos, de eso tan cotidiano para mí o para tantos otros.
Y algo llamó su atención, no había ninguna bebida en la mesa.
No les alcanzaba, se enteró. Apenas pudieron comprar dos porciones de pollo y arroz para compartir entre todos.
Ella no lo dudó y envió a la mesa una gaseosa para que ese momento familiar, esa salida de lujo, fuera un festejo completo.
Y yo… yo la admiro aún más si es eso posible.
